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Marzo 26, 2017

Naturalizados en la mentira desde la infancia. ¿Garantía de la continuidad ?


Estudiantes cubanas. (THE ATLANTIC)

El pasado domingo durante la sesión plenaria del Consejo Nacional de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), el vicepresidente Miguel Díaz-Canel dijo que “la juventud cubana es la encargada de la continuidad histórica del proyecto social de la Isla”.

Puesto que estamos inmersos en un controvertido acercamiento con EEUU, y en medio de un no menos controvertido proceso de implementación de la política económica y social del país, el funcionario alertó sobre “las pretensiones del adversario de imponer a nuestros pueblos antivalores y la ideología del neoliberalismo, de destruir desde sus cimientos la identidad, cultura y memoria de la Revolución, y restaurar el capitalismo en Cuba”.



Los jóvenes cubanos, que en toda su historia de estudiantes no han generado un acto político que refleje sus propios intereses y conocen muy bien el costo de la espontaneidad, reafirmaron su compromiso con el sistema. Como se sabe, en los eventos oficiales no hay sorpresas (aquella improvisación de Robertico Carcassés fue una excepción que no se repetirá).

Adiestrados además, en las contradicciones, los jóvenes observan el despliegue de ostentosos comercios con precios en divisa, los hoteles, las boutiques, los lujosos cruceros y el trasiego de visitantes foráneos, como algo natural. Es cierto que el panorama cada vez más recuerda a un país capitalista pero qué más da, lo que cada uno quisiera es poder fundar un negocio, rentar una casa a los turistas, ser próspero, exactamente como se ve en las películas americanas.





Naturalizados en la mentira desde su primera infancia, los jóvenes tratan de vestir a la moda, exhibir sus móviles inteligentes que la inmensa mayoría de sus padres no pueden pagar con sus salarios estatales. Algunos profesores usan en sus clases la aplicación Zapya, de modo que los alumnos están obligados a disponer de un celular con sistema androide, no importa si provienen de remesas, negocios ilícitos, desvío de recursos, o favores sexuales.

Aprendidas las reglas del juego, los jóvenes saben que el acceso a internet que les brinda gratuitamente la universidad no es para buscar información plural, mucho menos ese término abstracto que llaman “verdad”. Así que se hacen un perfil en Facebook, comparten fotos, mensajes anodinos y usan las redes sociales como entretenimiento o para buscar pareja. Mejor si es un extranjero(a), y por supuesto de un país capitalista.



Han asimilado a fondo que la confiabilidad política determina la ubicación laboral para los años de servicio social y el ascenso en la escala establecida oficialmente: un cargo en una empresa rentable, una corporación, la posibilidad de viajar y si es posible quedarse en algún país (capitalista).

Fuera de los eventos oficiales, los jóvenes ignoran la política, oficial o alternativa. Los más sofisticados enumeran las muchas fallas de todos los proyectos que reclaman derechos para los cubanos. Conocen bien el precio de ser un disidente, que es mucho más que un “discrepante o divergente”, como cándidamente define el diccionario. Reafirman que no vale la pena ponerse de ningún lado que no sea la apatía.


A pesar de la derogación de la ley “pies secos, pies mojados”, la mayoría piensa que la solución sigue estando del otro lado del mar. Si entre la multitud que asiente y vitorea alguno manifestara un pensamiento diferente, por más justo que sea, la juventud sabe muy bien cómo abuchear o repudiar.

Si la continuidad de la revolución es la sobrevivencia a base de omitir lo que se piensa, repetir hasta la letanía palabras que han perdido el sentido, si es negar lo que se ve o hasta seguirle llamando socialismo al despliegue de un capitalismo de Estado, sí, no hay dudas de que está garantizada al máximo.




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