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23 Octubre, 2017

Ecos de una guerra: ‘Somos alcohólicos, pero no queremos ser anónimos’


VICENTE MORÍN AGUADO

Omar Rodríguez González, veterano de Angola. (DDC)
Leopoldo “Polo” Hernández Ibáñez es exprimer teniente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y esconde su pomito con ron barato porque viene un policía.

“Tengo cerca de 400 pesos de multas sin pagar; soy alcohólico, es una enfermedad incurable; he pasado por varios centros de rehabilitación; me cansé de terapias y terminé en la calle; pero yo tengo mi historia y no quiero ser anónimo”, dice.
Los ojos aún le brillan porque es de mañana y ha bebido poco. Es un hombre fuerte. Fluye la conversación, él espera que su entrevistador comprenda el doble sentido de sus palabras.

Llega un compañero de batallas y se presenta: “Omar Rodríguez González, capitán del Grupo Operativo 79-63 en Angola”.

La adicción etílica puede conducir a ciertas exageraciones, pero no caben dudas de que ambos amigos fueron oficiales de las FAR y se jugaron la vida en tierras africanas.
Omar habla poco, deja el protagonismo a Leopoldo, aún así dice: “Estoy vivo de milagro, me hicieron zapador, a la entrada de Huambo tratamos de desactivar una mina y explotó, éramos siete, vi morir destrozados a cuatro. Es que desconocíamos la tecnología de ese artefacto2.

Volvemos a “Polo” Ibáñez. ¿Cómo llegó a la situación actual, sin casa, multado varias veces por dormir en los bancos de los parques?

“A los 20 años, era maestro primario”, cuenta. “Me captaron para Angola, negarse significaba ser debilucho, contrarrevolucionario. Dados mis estudios, me dieron los grados de teniente. Estuve cinco años allá, regresé en 1988, cuando me sorprenden con una corte marcial, llamada Tribunal de Honor”.

¿Motivos?
“Mi esposa y mi hija se habían sacado el bombo—lotería migratoria hacia EEUU—, ellas se fueron, yo no quise hacerlo, pero guardé silencio. Lo consideraron un acto de traición. No entiendo, si el bombo era legal, permitido por el Gobierno cubano en pleno acuerdo con el americano…”

Continúa: “Fui licenciado de las FAR, conseguí empleo administrando una cafetería en Holguín. Por aquellos años se hizo uno de los tantos experimentos revolucionarios, esa vez llamado Mercado Libre Campesino; las relaciones los agricultores y los intermediarios particulares, suministradores de alimentos, permitían ganar dinero; compré un carro, parecía que iba bien cuando Fidel entendió que en Cuba nadie podía hacerse rico y ordenó la operación contra los llamados macetas. Y ahí lo perdí todo”.

Macetas eran calificadas las personas que entonces se enriquecieron rápidamente, sobre todo dadas las ineficiencias aún no resueltas de la cadena producción-suministro -venta de productos, especialmente alimenticios. Le llamaron Operación Pitirre en el Alambre, contando con el protagonismo del mismo comandante que había ordenado antes los Mercados Libres Agropecuarios.

Leopoldo se desboca al recordar aquel 1989: “Quedé arruinado, sin futuro alguno, este Gobierno acabó conmigo. Vine a La Habana, nadie se conmovía ante mis papeles de combatiente internacionalista. Me atrapó el alcohol, pero finalmente tengo trabajo, aunque no donde vivir decentemente”.

“Estoy en el punto de control de Servicios Comunales de La Habana Vieja, en el parqueo de los camiones de la basura”, afirma. “Trabajo 24 horas y descanso tres días, así voy llevando la vida”.

Le pregunto si su hija se acuerda de él, si recibe alguna ayuda.

“No procede, cuando se dio la ocasión decidí quedarme. Ahora mismo ella está aquí, llegó ayer, siempre algo me da, pero mis problemas son solo míos”, dice.
Pregunto a ambos amigos si todavía se consideran revolucionarios.

“Somos revolucionarios porque luchamos por esto. Yo soy revolucionario”, reitera Polo Ibáñez, “arriesgué mi vida, que luego terminaron destruyéndola sin piedad”.

“Aún estoy fuerte”, hace algunos amagos de golpes de boxeador, “competí en los 57 kgs, así cómo usted me ve nadie puede abusar conmigo en la calle”.

Por último agrega: “Andamos fuera de la política, pero nos traicionaron; lo que ahora se vive no fue ese socialismo prometido; no hay agradecimiento; prevalece el olvido; el país es un desastre; no vale la pena luchar por esto”.
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